11 feb. 2020

Los retos de la ciudad sostenible

La economía circular y sus famosas "cuatro erres" consistentes en reaprovechar, reciclar, rediseñar y recuperar, han dado como resultado las llamadas economía verde y economía azul, pero difícilmente podrán dar respuesta al obsoleto, ineficiente y contaminante modelo económico actual.

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Para que la economía circular pueda dar sus frutos, debemos asumir una forma de vida sostenible y que abarque todas las facetas de nuestra vida cotidiana. Sólo así garantizaremos la viabilidad de un planeta agotado, preservaremos una biodiversidad en peligro y unos recursos naturales finitos, a la vez que paliaremos la amenaza de un cambio climático cada vez más evidente y que pone en riesgo nuestra propia supervivencia.

Hablamos pues de un cambio de paradigma, de verdaderas reformas estructurales, de actuaciones que van más allá de las urgentes soluciones coyunturales de adaptación a un problema que debemos no sólo gestionar sino resolver. Para ello, debemos asumir lo erróneo de una modernidad construida sobre la premisa de unos recursos naturales y energéticos que se creían infinitos e inagotables, y que generaba unos residuos y una contaminación que nuestro planeta no puede absorber de manera equilibrada. No sólo debemos rectificar ese error fundamental, sino que estamos obligados a abrazar el paradigma de la sostenibilidad, que se sustenta precisamente en todo lo contrario: nada es infinito y la acción de la humanidad está agotando el planeta, por lo que debemos rectificar y gestionar los recursos con eficiencia o acabaremos provocando un daño irreparable a nuestra propia sociedad.

Podríamos afirmar que este problema debe ser resuelto mediante cambios en el modelo económico. Pero no podemos olvidar que, además, vivimos en una sociedad esencialmente urbana, por lo que el problema también debe ser afrontado desde las ciudades. Precisamente, la gestión de los ecosistemas urbanos es hoy en día una parte sustancial del problema y en consecuencia también deberán ser parte de la solución. El 55% de la población mundial es hoy en día urbana y, según previsiones de Naciones Unidas, en 2050 lo será el 70% de la población, aunque solo ocupen poco más del 2% de la superficie de la Tierra. No debemos olvidar que las ciudades generan el 80% del PIB mundial y el 93% de las patentes mundiales. Y puesto que las ciudades dan lugar al 70% del consumo energético y al 75% de las emisiones relacionadas con la energía, es obvio que el reto de la sostenibilidad será urbano o no será.

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Todas estas razones convierten en vitales los principios de reaprovechar, reciclar, rediseñar y recuperar, así como los de reparar, redistribuir, reducir y reutilizar. Guste o no, tales principios resultan imprescindibles para repensar el funcionamiento de nuestros ecosistemas urbanos. Las ciudades no pueden ni deben continuar gestionándose como hasta ahora. Deben ser más eficientes, más limpias, sostenibles, saludables, inteligentes y de calidad. Las grandes aglomeraciones humanas deberán asumir que el territorio urbano construido y el territorio periurbano natural, agrícola e industrial, forman parte de una misma realidad y se necesitan mutuamente. Será necesario crear nuevas centralidades que conecten e integren la ciudad construida y su entorno periurbano a través de corredores verdes que vertebren sus microplazas, plazas, parques y periurbano natural con el fin de preservar la biodiversidad del ecosistema urbano.

Las ciudades deberán fomentar la proximidad, y ello supone rediseñar la movilidad urbana e interurbana y modificar hábitos de la vida cotidiana de las personas, tanto en su ámbito laboral, comercial o en su ocio. La apuesta sólo puede ser una, y se trata de lograr una ciudad con un nuevo urbanismo socialmente comprometido, que corrija los errores y modas del pasado y que recupere la esencia de la vida sostenible en comunidad.

En la lucha por un nuevo entorno, en este combate por la sostenibilidad, el nuevo modelo urbano debe superar el esquema de una “ciudad funcional” que ha ido separando y compartimentando cada vez más la ciudad residencial y la ciudad del trabajo. Esa ciudad insostenible, pensada hace más de un siglo, ha de ser sustituido por el concepto de la ciudad completa y sostenible. En concreto, las ciudades deben asumir que para remediar la escasez de suelo urbano es preciso recuperar el patrimonio arquitectónico e industrial y dotarlo de nuevos usos que permitan preservar también la memoria de la ciudad y de su paisaje urbano. La ciudad completa y sostenible será aquella que entienda el espacio público, sus parques, plazas, calles y aceras, como infraestructuras estratégicas al servicio de las personas y para las personas. Un espacio público de calidad que fomente la calidad de vida de las personas, la vitalidad comercial y económica, la seguridad de sus calles; una ciudad que fomente la socialización y un mayor sentimiento de pertinencia y que aporte calidad de vida a sus distintos barrios.

Las ciudades también están obligadas a comprometerse con el medioambiente y con la salud pública. Necesitamos ciudades verdes, renaturalizadas, pacificadas e inclusivas adaptas a todos los grupos de edad y diferentes capacidades. Las ciudades se enfrentan a una nueva realidad humana consistente en la mayor longevidad y el progresivo envejecimiento de su población. En menos de una década, la generación del “baby boom” habrá alcanzado la edad de jubilación, y ello comporta que este numeroso grupo de edad consuma y utilice en mayor medida tanto el espacio público como los servicios básicos y de movilidad.

Asimismo, las ciudades se hallan sometidas a las consecuencias del cambio climático. La lluvia, el frío o el calor extremo requerirán una plena adaptación de las ciudades a esta nueva realidad. Eso será así, especialmente, en las ciudades ubicadas en nuestra latitud, en las que el efecto de isla de calor urbana tendrá importantes costes sociales, de salud y energéticos. Las áreas urbanas deberán adaptar sus calles, parques y plazas e incrementar, a través de un mayor verde urbano, los espacios de sombra y dotarse de muros vegetales, de fuentes de agua potable y ornamentales y de espacios de juego de agua para refrescar el entorno. Prosperarán y serán más “habitables” las ciudades resilientes e inteligentes que aprovechen con eficiencia los miles y miles de metros cuadrados o lineales de fachadas, techos y cubiertas de sus edificios para dotarse de un mejor aislamiento térmico. Será imprescindible una mayor oxigenación del aire, la producción de energía limpia, la recuperación de las aguas pluviales y la reducción de los costes energéticos.

En definitiva, las ciudades del futuro deberán ser sostenibles y deberán fomentar la movilidad sostenible con una mayor presencia y uso del transporte público. Será necesario replantear la movilidad activa y la micromovilidad y revertir así la actual jerarquía de modos de transporte subordinados al vehículo privado. Los vehículos privados, excesivos y omnipresentes hoy en día, colapsan, contaminan y sobreocupan el espacio público, con lo que deterioran la calidad de vida y amenazan la subsistencia. El nuevo modelo de movilidad ha de facilitar, proteger y priorizar los derechos del peatón, la seguridad de ciclistas y los vehículos de movilidad personal. Y esta nueva movilidad ha de anticiparse a los efectos de los nuevos hábitos de consumo y del comercio electrónico puerta a puerta que, sin duda alguna, se intensificarán en los próximos años.

Las ciudades también deberán ser inteligentes en tecnología, y eficientes y proactivas en el aprovechamiento de los millones de datos que generan. Su uso nos permitirá conocer patrones de comportamiento y así mejorar el funcionamiento de los ecosistemas urbanos. Podremos guiarnos y tomar decisiones a partir de los patrones de consumo, de movilidad y de sus efectos en la accidentalidad o en la contaminación, y determinar su impacto comercial, ciudadano y ecológico. Los datos de la rotación de vehículos, de la tipología de desplazamientos, de los usos del espacio público, servicios y equipamientos, nos aportarán información sobre la vitalidad de nuestras calles, aceras y plazas y así podremos mejorar la gestión de nuestras ciudades. Los avances tecnológicos ya nos permiten ser más eficientes energéticamente en los equipamientos públicos, pero debemos mejorar también en la gestión del verde urbano y generar mapas de calor y de sombra de barrios o calles. Se trata de aprovechar el conocimiento para prevenir el impacto de la contaminación atmosférica y acústica, y para elaborar políticas cívicas que redunden en beneficios educativos, de salud y sociales.

La ciudad del futuro será gestionada de manera resiliente y holísticamente en lo que atañe a su medioambiente y sus ámbitos sociales, económicos y culturales. El objetivo de la ciudad sostenible estriba en compartir y asumir la responsabilidad ante un problema de dimensiones globales. Un problema, dicho sea de paso, del que la ciudad es directamente responsable y cuyas consecuencias también le afectan. Un planeta más sostenible deberá ser un criterio fundamental en el comportamiento de los ecosistemas urbanos.

En una sociedad tan urbana como la nuestra, en la sociedad urbana del siglo XXI, el futuro del planeta estará condicionado por lo que ocurra dentro de nuestras ciudades y por las relaciones y colaboración entre ellas. En cualquier caso, se trata de ciudades de personas y para las personas. 

 Fuente: Eco-circular  

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